El Normandie y la advertencia de Welles: Una cita con el señor K
Eran los últimos estertores de los 80 en Chile. Pinochet había sido derrotado en el plebiscito del 88 y su salida se anunciaba para marzo de 1990. En las calles se respiraba una esperanza de algo mejor que anidaba en muchas personas. Después de años de opresión política y mediocridad cultural, era razonable pensar que vendrían tiempos de mayor luz.
Sin embargo, la película El Proceso de Orson Welles en una reposición del cine arte Normandie nos lanzaba una advertencia sombría. Todo podía seguir igual o incluso peor, convirtiéndose apenas en la mascarada de una verdadera democracia.
No pretendo hacer una crítica técnica a la excelente película de Orson, sino compartir el preámbulo de cómo llegué a la críptica novela del escritor checo Franz Kafka. Él es conocido por su estilo laberíntico donde lo cotidiano se tuerce hasta volverse una pesadilla incomprensible. Basta pensar en el vendedor viajero Gregor Samsa que amanece convertido en un coleóptero. La verdadera tragedia ahí no era su salud, sino la angustia de su familia ante la pérdida del sustento económico.
La prosa de Kafka era directa y casi administrativa. Ese estilo tenía el efecto de recargar todavía más de absurdo situaciones que rebasaban la normalidad de la vida burguesa europea de los años veinte. En la película de Welles, la fotografía en blanco y negro ayuda a recrear ese ambiente asfixiante de una burocracia omnipotente que estrecha el cerco sobre el señor K.
Las escenas de la detención de K, interpretado por un joven y solvente Anthony Perkins, me trajeron recuerdos de esa otra faz de la dictadura. Me refiero a aquel entramado burocrático indispensable para cualquier gobierno moderno. En especial la Justicia, que hasta muy entrada la democracia en Chile no fue capaz de redimir su sumisión a la voluntad de un poder autocrático y arbitrario.
Un análisis de la pesadilla
El Proceso funciona como esos sueños vívidos en los que uno cree estar en una situación normal para pasar sin aviso a lugares amenazadores. Con esa lógica Kafka nos presenta la historia del señor K, un sujeto que al despertar se encuentra procesado por cargos que nunca llega a conocer. Leer esta novela permite palpar la indefensión ante la estructura de un poder frío e implacable.
Esta obra se publicó de forma póstuma en 1925. Utiliza el conflicto legal para configurar una alegoría del individuo frente al Estado. Europa afrontaba entonces las secuelas de la Primera Guerra Mundial, que fue el caldo de cultivo de los totalitarismos modernos.
El absurdo de la maquinaria
El protagonista es arrestado sin haber hecho nada malo. Nunca se le informa de qué se le acusa. El aparato judicial es una maquinaria impersonal donde los funcionarios son piezas de un engranaje que solo busca perpetuar el proceso mismo. La famosa parábola "Ante la ley", incluida en el libro, simboliza cómo el individuo espera toda su vida una entrada que le es negada por guardianes jerarquizados.
La culpa como condición
En la obra de Kafka la culpabilidad se asocia a una condición del ser. Se es culpable por el simple hecho de existir. Es una característica de los sistemas totalitarios que exigen obediencia absoluta y asumen que cualquiera es sospechoso. Conforme pasa el tiempo, el protagonista deja de luchar por su inocencia y empieza a actuar como si fuera culpable. Es el triunfo definitivo de la maquinaria sobre el individuo.
Espacios y atmósfera
Los espacios opresivos acentúan la sensación claustrofóbica. Las oficinas del tribunal suelen estar en lugares insólitos, como desvanes sucios o edificios de viviendas pobres. La estructura es repetitiva y K intenta diferentes vías de defensa que lo devuelven siempre al mismo punto de incertidumbre. Es un prisionero en un bucle interminable.
El núcleo moral y la visión de Welles
En la parte final del libro aparece la parábola del campesino que espera ante la puerta de la Ley. Un guardián le dice que por ahora no puede dejarlo pasar. El hombre espera décadas e intenta sobornar al guardián. Al borde de la muerte, el campesino pregunta por qué nadie más ha intentado entrar. El guardián le grita que esa entrada era solo para él y que ahora va a cerrarla.
Hay diferencias notables entre la novela y el filme de 1962. En el libro, esta escena ocurre casi al final en una catedral oscura. Welles, en cambio, la utiliza como un prólogo narrado por su propia voz. Para la imagen visual de este relato, Welles empleó la técnica de animación de "pantalla de alfileres" creada por Alexandre Alexeieff. Son imágenes granuladas que crean una atmósfera de cuento de hadas macabro. Mientras el K de Kafka es más pasivo, el de Anthony Perkins es más rebelde y paranoico. Welles consideraba este su mejor filme por cómo logró traducir esa espera infinita en una experiencia visual.
Franz Kafka y su legado
Franz Kafka nació en Praga en 1883 en una familia judía de clase media. Se doctoró en Derecho por presión de su padre, Hermann Kafka. Su relación fue siempre tensa y generó sentimientos de inferioridad que plasmó en su famosa Carta al padre.
Trabajó gran parte de su vida en una compañía de seguros, un empleo que detestaba pero que le permitía escribir por las noches. Murió de tuberculosis en 1924 a los 40 años. Antes de partir, pidió a su amigo Max Brod que destruyera sus manuscritos inéditos. Brod ignoró la petición y gracias a eso hoy podemos leer estas obras maestras.
Una reflexión final
Leer a Kafka es encontrarse con un retrato de nuestra propia época. En nuestra sociedad hiperconectada el individuo parece más aislado que nunca. El temor a la burocracia se ha transformado en la opresión invisible de un algoritmo todopoderoso. Esas fórmulas saben más de nosotros que nosotros mismos y operan para favorecer a oscuros tecnojerarcas.
Kafka lo vivió y lo previó. Todos nos hemos convertido en K alguna vez y la voz del autor checo continúa resonando con una vigencia aterradora.
© [2026] [Daniel Olivero González]. Todos los derechos reservados.





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