Borges, el Aleph y la calle Bandera: Crónica de un hallazgo infinito
El viejo edificio del Congreso se encuentra en la calle Bandera, en el “centro” de Santiago. Hoy los siúticos le dicen “casco histórico”. Frente a ese lugar, histórico y venerable, hubo alguna vez una librería.
No era elegante, sino más bien una liquidadora de saldos. No había merchandising sofisticado, solo mesones con ofertas arrumbadas, colecciones de títulos clásicos con empastes económicos que se vendían junto a periódicos como El Clarín argentino o el españolísimo El País. Ahora, ¿cómo llegaron a estos lares? Supongo que era el inicio del comercio global o algo así.
Pero entre esas ofertas había una colección con más distinción: tapa dura color caoba, título en tipografía serif estampado al fuego. Muy elegante. Se trataba de la colección “Historia de la literatura universal” de Editorial Orbis. Los autores escogidos hablaban por sí solos de la calidad de los títulos: Heródoto, Tolstói, Gorki y, el que nos convoca hoy, el gran Borges.
En un libro llamado “Narraciones” (volumen N° 38 de la colección) venían varios relatos pertenecientes a Ficciones (1944). Incluía joyas como “Funes el memorioso”, donde Borges cuenta la historia de Ireneo Funes, un hombre incapaz de olvidar nada, que recordaba cada hoja de cada árbol, de cada monte. Ya me habría gustado una memoria así cuando estaba en básica.
Otro clásico: “La biblioteca de Babel”, la alucinante descripción de una biblioteca infinita compuesta por galerías hexagonales que contienen todos los libros posibles. Cada vez que vuelvo a leer este cuento, imagino la biblioteca de la abadía benedictina de El nombre de la rosa. Borges, Eco… grandiosos.
También está “Las ruinas circulares”, que cuenta la historia de un hombre que llega a las ruinas de un antiguo templo en la selva con el propósito de “soñar un hombre” e imponerlo a la realidad. Aquí los sueños cuestionan el sentido mismo de lo que entendemos por realidad. Imprescindible para entender al argentino.
Pero el que me voló la cabeza fue El Aleph.
El todo en un solo punto
El Aleph es fascinante desde muchos ángulos: por sus capas de realidad, despecho y parodia, que Borges hace dialogar entre sí de manera magistral.
Una forma de leerlo es como un “manual de venganza literaria”. Quienes escribimos solemos tomarnos, de vez en cuando, ciertas revanchas. ¿Quién no ha conocido a alguien que le haya hecho una mala pasada y haya salido limpio de polvo y paja? Bueno, la venganza se construye en la ficción. Así nacen personajes detestables moldeados a partir de la vida real.
Borges concibió este cuento, en gran medida, como una burla feroz al ambiente literario de su época. El personaje de Carlos Argentino Daneri es la caricatura de un poeta mediocre y pretencioso que intenta escribir “el poema” que describa todo el planeta verso por verso. Borges pensaba que enumerar el infinito con palabras era una tarea absurda, y por eso el poema de Daneri resulta deliberadamente malo.
Al mismo tiempo, hay una capa de autocrítica. En el cuento, Daneri trabaja en una biblioteca y usa papel con membrete robado, algo que el propio Borges hacía cuando trabajaba en la Biblioteca Miguel Cané.
El despecho también atraviesa el relato. La historia comienza con la muerte de Beatriz Viterbo, la mujer que el narrador (llamado “Borges”) amó sin ser correspondido. Muchos críticos ven en Beatriz un reflejo de Estela Canto, el gran amor de Borges en esa época, a quien le dedicó el cuento. Borges sufrió profundamente por ese amor platónico y volcó esa pérdida en la narración.
El nombre “Beatriz” no es casual: remite directamente a la Beatriz de La Divina Comedia. Pero mientras la de Dante guía al poeta hacia el paraíso, la de Borges es una mujer con zonas oscuras, cuyas fotografías revelan una intimidad que el narrador preferiría no haber visto en el Aleph.
¿Qué pensaba Borges de El Aleph?
Borges tenía una relación ambivalente con esta obra. Por un lado, estaba el desafío del lenguaje. Para él, la idea central del cuento radica en su imposibilidad: el universo es simultáneo (todo ocurre a la vez), mientras que el lenguaje es sucesivo (una palabra tras otra). Por eso, la célebre enumeración final es un intento desesperado —y brillante— de romper esa barrera.
Por otro lado, es innegable el misticismo que rodea el nombre. “Aleph” es la primera letra del alfabeto hebreo y, en la cábala, representa el origen de todo. Borges estaba profundamente interesado en estos conceptos, aunque siempre los abordó desde una perspectiva intelectual y literaria.
Un detalle curioso: Borges le regaló el manuscrito original a Estela Canto. Años después, ella lo subastó en Sotheby’s por una cifra récord para la época, y hoy se conserva en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid.
¿Por qué es necesario leerlo hoy?
La respuesta es categóricamente afirmativa.
Si Ficciones es el cerebro de Borges, El Aleph es su corazón. No solo es necesario leerlo, sino que es una de las puertas de entrada más completas a su mundo, por tres razones:
- Reúne todos sus temas: el infinito, los laberintos, la cábala, la filosofía, la parodia literaria y el tiempo circular.
- Es su cuento más humano: aquí Borges se muestra vulnerable. El narrador sufre por amor, siente celos y miedo.
- El lenguaje: la enumeración final (“Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde…”) es una de las cumbres de la prosa en español. Es el intento de decir lo indecible.
Leerlo es entender por qué Borges no es solo un cuentista, sino un creador de mitos modernos. Y después de leerlo, algo cambia: uno ya no vuelve a mirar de la misma forma un rincón oscuro, una escalera, un sótano. Porque tal vez —solo tal vez— ahí también podría estar escondido el infinito.
¿Te animarías a leerlo ahora, sabiendo que ese punto imposible habita en un sótano cualquiera de Buenos Aires?
© 2026 Daniel Olivero González. Todos los derechos reservados.



Comentarios
Publicar un comentario