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La memoria impresa: Quimantú

El día en que los libros salieron a la calle

Crónicas sobre cultura, libros y recuerdos que aún iluminan el paisaje interior de un país.




Por Daniel Olivero González

La memoria impresa es un recorrido personal por los objetos culturales que han dado forma a nuestra sensibilidad colectiva: libros, revistas, editoriales, barrios, escuelas, imágenes y pequeñas huellas que el tiempo no ha logrado borrar.

Porque recordar no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de comprender quiénes hemos sido y qué rastros de ese pasado siguen respirando en el presente.

Antes de saber qué era Quimantú, yo ya convivía con sus libros.

Había varios en mi casa desde mi infancia y, aunque entonces no comprendía su procedencia ni su importancia, recuerdo con claridad sus portadas sencillas, su formato amable y esa sensación de que eran libros hechos para ser abiertos sin ceremonia. Durante mi época escolar adquirí algunos más, casi siempre de segunda mano, para cumplir con las lecturas obligatorias, sin sospechar que estaba tocando fragmentos de una de las aventuras culturales más singulares del siglo XX chileno.

Más tarde, cuando el “bicho de leer” me picó de verdad, emprendí una búsqueda casi ritual. Recorrí los puestos de San Diego, el Persa Bío-Bío y cuanta feria libre se cruzara en mi camino. Entre cajas polvorientas y lomos gastados fui rescatando ejemplares que parecían esperar a su próximo lector.

Logré reunir principalmente títulos de la serie Minilibros, donde convivían autores de reconocida trayectoria mundial; sumé además dos volúmenes de la colección Nosotros los chilenos y conservé como un pequeño tesoro un legado de mi madre: un juego casi completo de los cuentos infantiles Cuncuna.

No eran simplemente libros. Eran invitaciones.

Invitaciones a viajar por la historia y el mundo, a revisar nuestras certezas, a mirar el país desde otros ángulos. Invitaciones que, de algún modo, han sobrevivido a las mezquindades de las doctrinas políticas, cualquiera haya sido su signo.

Desde una perspectiva personal, Quimantú fue uno de los proyectos culturales más emblemáticos asociados a la Unidad Popular. A través de su labor editorial, algo de su espíritu logró persistir incluso después de la represión política y el llamado “apagón cultural” provocado por la censura durante la dictadura.

Porque el hecho de que aún circulen ejemplares de esos libros parece recordarnos una verdad sencilla: la cultura, y en especial la literatura, suelen ser más resistentes que cualquier intento por domesticar las ideas.


El nacimiento de una editorial para las mayorías

La Editora Nacional Quimantú nació en febrero de 1971, cuando el gobierno de Salvador Allende adquirió los activos de la histórica editorial Zig-Zag, entonces paralizada por un conflicto laboral. El nuevo proyecto quedó bajo la dirección del escritor y periodista Joaquín Gutiérrez y adoptó un nombre de raíz mapuche: Quimantú, “sol del saber”.

La elección no fue casual.

La editorial se propuso dos objetivos tan ambiciosos como urgentes: poner el libro al alcance de todo el pueblo chileno mediante tirajes masivos y precios accesibles, y concebir la lectura como una herramienta de formación crítica en el marco de un país que buscaba transformarse.

En apenas dos años de existencia, Quimantú imprimió millones de ejemplares, cifras inéditas en la historia editorial chilena y difíciles de imaginar incluso hoy.

Por primera vez, el libro dejó de ser un objeto distante para amplios sectores sociales.

Obreros, empleados, estudiantes y familias completas pudieron acceder a clásicos universales, pensamiento social, literatura latinoamericana y materiales educativos que hasta entonces habitaban principalmente vitrinas, bibliotecas privadas o circuitos académicos.

Cuando el acceso a la lectura se vuelve masivo, lo que emerge no es una sola voz, sino un coro.


¿Proyecto cultural o proyecto ideológico?

Hoy, desde ciertas miradas contemporáneas marcadas por la desconfianza hacia los grandes proyectos estatales, no faltan quienes interpretan la experiencia de Quimantú como un intento evidente de ideologizar a las masas.

Algo de esa afirmación no carece por completo de fundamento. El libro fue pensado también como un instrumento de formación social y política en un período en que el mundo entero discutía modelos de sociedad y horizontes de cambio.

Pero reducir Quimantú únicamente a esa dimensión sería desconocer la profundidad cultural de una empresa que buscó derribar una frontera histórica en Chile: la que separaba el libro de la vida cotidiana de la mayoría.

Más que imponer una forma única de mirar el mundo, el proyecto amplió el campo visual de toda una sociedad.

Y ese fenómeno, profundamente democratizador, suele resultar incómodo para cualquier época.


Una editorial que quería llegar a todas partes

Durante sus primeros meses, Quimantú aprovechó los derechos editoriales heredados de Zig-Zag mientras definía progresivamente su identidad. Pronto se consolidaron colecciones que hoy forman parte de la memoria cultural del país: Quimantú para Todos, Minilibros, Nosotros los chilenos, Cordillera (narrativa de bolsillo), Cuadernos de Educación Popular, Camino Abierto, Clásicos del Pensamiento Social y Cuncuna, entre muchas otras.

Los tirajes, que con frecuencia alcanzaban los 50.000 ejemplares y a veces los superaban ampliamente, permitieron que estos libros llegaran a los rincones más diversos del territorio.

Junto a ellos circularon revistas de gran presencia pública como Cabrochico, Onda, Paloma, La Quinta Rueda, La Firme y Mayoría, consolidando un ecosistema editorial que buscaba instalar la lectura como un hábito cotidiano.

Hacia 1972, las publicaciones de Quimantú podían encontrarse en la mayoría de los kioscos del país, un fenómeno prácticamente sin precedentes en Chile.

El libro había salido a la calle.


El quiebre

Tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, la editorial fue clausurada y sus dependencias intervenidas por efectivos militares. Parte importante de su material fue destruido o retirado de circulación, en un gesto que simbolizó no solo la interrupción de un proyecto editorial, sino también el repliegue de una determinada idea de cultura.

Al año siguiente, el régimen militar intentó continuar la labor bajo el nombre de Editora Nacional Gabriela Mistral, aunque con un enfoque distinto y sin alcanzar el impacto ni la amplitud de su antecesora. A comienzos de la década de 1980, la empresa fue finalmente declarada en quiebra y sus maquinarias rematadas.

Así se cerró uno de los capítulos más audaces de la historia del libro en Chile.


Lo que permanece

Tal vez por eso, cada vez que uno de esos volúmenes reaparece en una feria de libros usados, no parece un objeto viejo.

Se siente más bien como la evidencia silenciosa de un país que alguna vez creyó que la cultura debía circular de mano en mano.

Y que, durante un breve pero intenso período, intentó que el acto de leer dejara de ser un privilegio para convertirse en una costumbre compartida.


© [2026] [Daniel Olivero González]. Todos los derechos reservados.

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