La muerte como parte de la vida
Por Daniel Olivero González
Llegué a Murakami por dos caminos que, por raro que suene, terminaron cruzándose en la misma página. Primero fue el entusiasmo contagioso de un contacto de Facebook, allá por mediados de los 2010, la recomendación entusiasta de un fan incondicional.
Años después, interesado en entender cómo escriben quienes escriben, me cayó una edición digital de "De qué hablo cuando hablo de escribir", un libro que no es un recopilatorio de técnicas y trucos de escritura, sino una reflexión donde el autor conversa con el lector. Murakami habla desde la experiencia, sin pontificar ni dar cátedra. Ahí, él nos cuenta que escribir es una forma de enfrentar la vida y sus vicisitudes.
Con ello en mente, el asunto se volvió más personal. Porque ya no era solo “leer a Murakami”, sino asomarme a su taller, a la rutina, a ese método casi físico con el que él sostiene la escritura.
La experiencia de leer Tokio Blues fue como asistir a un laboratorio silencioso donde vi aplicadas las convicciones del escritor: prosa limpia, emoción contenida, ritmo constante, nada artificioso o rebuscado. Fue como haber leído una partitura y luego escuchar la música.
A medida que leía sucedió algo inesperado; el libro no me atrapó como sucede con tramas bien urdidas donde la acción impera. Acá el tempo lento, el ritmo constante y pausado me pidió que lo caminara; un paseo que invitaba a pensarlo cada cierto tiempo.
Quizás fueron las frases limpias, esa calma que se mantiene incluso cuando el dolor aprieta, las que me fueron llenando la cabeza de cerezos en flor y silencios bien puestos. Yo no estaba en el cuerpo de Watanabe, lo acompañaba en cada instante del relato. Al concluir la novela, sentí haber acompañado al protagonista, como si alguien ausente caminara conmigo; la novela me había cambiado de lugar sin avisar.
Tokio Blues: la novela
De esta forma Tokio no es solo un escenario, es el contraste. Afuera hay movimiento, ciudad, ruido, futuro. Adentro, los personajes viven una especie de invierno íntimo, donde el duelo y la soledad se vuelven un paisaje cansino y melancólico.
Personajes (el triángulo y sus sombras)
En el centro de este triángulo, Tōru Watanabe se erige no por su acción, sino por su atención. Como narrador y protagonista, observa, acompaña y recuerda; casi nunca empuja la vida, sino que deja que esta lo empuje a él.
A su lado, Naoko aparece ligada al duelo desde el comienzo. Es delicada y reservada, pero su fragilidad no funciona como un adorno romántico, sino como el núcleo trágico del relato; ella representa esa parte de la memoria que se niega a transformarse en futuro.
Como contrapunto irrumpe Midori Kobayashi, la encarnación de lo vivo. Con su humor y sus contradicciones, Midori no es una caricatura de la alegría, sino una forma distinta de enfrentar la pérdida: no negarla, pero tampoco quedarse a vivir dentro de ella.
Finalmente, aunque su presencia sea escasa, Kizuki lo ordena todo desde su ausencia. Es el agujero negro en torno al cual giran los demás. Simbólicamente, si Naoko es el pasado que no suelta y Midori el presente que golpea la puerta, Watanabe es quien queda en medio, aprendiendo a respirar.
Haruki Murakami: el corredor de fondo que cambió el jazz por la escritura
Haruki Murakami nació en Kioto en 1949, aunque su verdadera patria literaria parece ser ese territorio fronterizo entre la vigilia y el sueño. Hijo de profesores de literatura japonesa, creció mirando hacia Occidente, nutriéndose de la cultura pop americana y el jazz, una influencia que terminaría por marcar el compás de su propia prosa y lo convertiría en un outsider dentro de la tradición nipona.
Antes de las letras estuvo la música. Durante años regentó el "Peter Cat", un bar de jazz en Tokio, hasta que una tarde cualquiera en 1978, mientras veía un partido de béisbol en el estadio Jingu, le sobrevino la certeza silenciosa de que podía escribir una novela. No fue un grito, sino una revelación tranquila que dio pie a su ópera prima, Escucha la canción del viento.
Su carrera dio un vuelco definitivo con la publicación de Tokio Blues en 1987, obra que lo transformó involuntariamente en un fenómeno de masas y del que buscó escapar optando por el exilio en Europa y Estados Unidos. Desde entonces, su bibliografía se mueve como un péndulo entre dos registros. Por un lado está la vertiente intimista y nostálgica, visible en Al sur de la frontera, al oeste del sol; por el otro, su inmersión en lo onírico y metafísico, donde destacan títulos de largo aliento como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Kafka en la orilla o la monumental 1Q84.
En todas ellas persiste esa voz de corredor de fondo, un narrador paciente que explora la soledad moderna, los gatos, los pozos y esa extraña calma con la que sus personajes aceptan lo imposible, como si lo extraordinario fuera solo otra parte de la rutina.
Ficha literaria
Título en español: Tokio blues
Título original: Noruwei no Mori (ノルウェイの森)
Título internacional frecuente: Norwegian Wood
Autor: Haruki Murakami
País: Japón
Año de publicación (original): 1987
Editorial original: Kodansha
Género: novela; ficción literaria / romance / coming-of-age (iniciación)
Registro: realista (una de las novelas más “realistas” de Murakami, sin elementos fantásticos)
Narrador y punto de vista: primera persona (Tōru Watanabe), narración retrospectiva: un adulto recuerda su juventud universitaria
Ambientación: Tokio y entorno universitario, principalmente a fines de los años 60 (con extensiones hacia fines de los 60 e inicios de los 70)
Personajes principales:
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Tōru Watanabe
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Naoko
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Midori Kobayashi
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Kizuki (presencia clave aunque ausente)
Temas centrales: memoria, pérdida, duelo, soledad, sexualidad, paso a la adultez.



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