Miguel Strogoff o el deber como aventura
Por Daniel Olivero González– Apuntes desde mi rincón
A Julio Verne no lo conocí por sus libros más afamados: "Viaje al centro de la Tierra", "Veinte mil leguas de viaje submarino", "La vuelta al mundo en 80 días", etc.
Ciertamente había visto sus adaptaciones al cine y hojeado las versiones juveniles que mi madre me regalaba con la esperanza de cultivar en mí el amor por la lectura.
Debo ser sincero: eran excelentes adaptaciones, pero aunque la letra fuera grande, el grosor del volumen me desanimaba de inmediato.
Pero el destino del lector siempre alcanza.
En algún momento entre los fines de los 70 y principios de los 80, me tocó leer en el colegio Miguel Strogoff. Mi madre —que no escatimaba cuando se trataba de libros— consiguió la versión completa, ignorando mis reclamos.
Una mirada seria bastó para detener cualquier rebelión literaria.
Llegó a casa con un ejemplar de la Biblioteca Clásica Sopena, comprado en la mítica calle San Diego.
Al ver aquella letra diminuta y sus 351 páginas, sufrí una crisis existencial digna de Tolstói.
Estaba seguro de que sería una lata monumental: nada de máquinas voladoras ni inventos anticipatorios, sino puro tedio zarista.
Pero el gallardo Strogoff me calló la boca.
En dos días recorrí con él la Rusia de los zares, la estepa interminable, los pueblos con nombres imposibles y la extraña mezcla de orgullo, disciplina y ternura que Verne sabía imprimir a sus héroes.
Fue mi primera gran travesía literaria. Sin saberlo, estaba abriendo las puertas hacia los maestros rusos que vendrían después: Dostoievski, Gorki, Tolstói, Chéjov…
El correo del zar y la aventura del deber
Miguel Strogoff no es una novela de anticipación ni de ciencia aplicada. No hay cohetes ni submarinos ni máquinas imposibles. Sin embargo, en ella está todo el genio de Verne: la precisión, la tensión, el ritmo y una fe casi mística en la capacidad humana de resistir y cumplir su deber.
Publicada en 1876, la historia se sitúa en una Rusia zarista asediada por la insurrección tártara. El zar encarga a su mejor mensajero, Miguel Strogoff, atravesar Siberia y llevar un mensaje vital a Irkutsk, donde se encuentra aislado el hermano del emperador.
Lo que sigue es una odisea terrestre, una de las novelas más realistas y humanas de Verne. No hay aquí máquinas milagrosas, sino voluntad, lealtad y dolor. Strogoff recorre miles de verstas (las millas rusas), enfrenta peligros, se enamora de la noble Nadia Fedor, y sobre todo, soporta la tortura y la ceguera sin quebrarse.
El héroe verniano, en esta novela, no es el sabio ni el inventor, sino el hombre común que obedece a un ideal. Strogoff encarna el sacrificio silencioso, la rectitud y el temple, valores que Verne eleva a la categoría de mito moderno.
La narrativa, a pesar de su densidad geográfica, avanza con ritmo cinematográfico: Verne combina mapas, nombres impronunciables y distancias abrumadoras con el suspenso de una persecución casi física. Es, probablemente, su novela más épica en términos humanos y la más cinematográfica antes del cine.
Los testigos del progreso
Entre los muchos aciertos de Miguel Strogoff están los dos periodistas que acompañan la ruta del héroe: Harry Blount, inglés del Daily Telegraph, y Alcide Jolivet, francés y algo más mundano.
Ambos representan la otra gran aventura del siglo XIX: la de la información.
Compiten por enviar la noticia primero, usan el telégrafo, la pluma y hasta la intuición, anticipando el nacimiento del periodismo moderno. Verne los retrata con humor y cariño, como símbolos del progreso técnico y de la curiosidad intelectual de su tiempo.
Mientras Strogoff encarna el deber y la disciplina, ellos encarnan el saber y la palabra: las dos fuerzas que, según Verne, podían mantener unida a la civilización frente al caos.
Julio Verne: el geógrafo del porvenir
Julio Gabriel Verne nació en Nantes, Francia, en 1828, y falleció en Amiens, en 1905.
Su padre soñaba con un abogado; él soñaba con mapas y telescopios.
Estudió derecho, pero prefirió el teatro y la ciencia. En 1863, con "Cinco semanas en globo", inició la colección de "Viajes extraordinarios", publicadas por Hetzel: una enciclopedia novelada del conocimiento humano.
Verne no fue un científico ni un profeta, sino un poeta de la ciencia: un escritor que convirtió el conocimiento en aventura y la curiosidad en forma de vida.
Si imaginó submarinos o cohetes, no fue por adivinación, sino porque entendía que la imaginación es el laboratorio del futuro.
En Miguel Strogoff, su mirada cambia de dirección: ya no se lanza al cielo ni al abismo, sino al alma humana.
Y allí —entre la nieve y el deber—, Verne demuestra que el valor también puede ser una forma de conocimiento.
El eco de Strogoff
Hoy, cuando la épica se confunde con el espectáculo y los héroes parecen desechables, la novela conserva una dignidad inusual.
Es una obra sobre la resistencia silenciosa, sobre la fuerza interior que permite al ser humano cumplir su camino aunque el mundo se desmorone alrededor.
Y quizás por eso —porque no hay inventos, solo convicción— sigue siendo una lectura inesperadamente moderna.
En tiempos donde los algoritmos predicen hasta nuestros sueños, Strogoff nos recuerda algo esencial: hay rutas que ninguna máquina puede recorrer por nosotros.
Ficha literaria
Título: Miguel Strogoff, el correo del zar
Autor: Julio Verne
Primera edición: 1876 (Editorial Hetzel, Francia)
Género: Aventura, novela histórica
Extensión: 351 páginas (edición Sopena, 1975)
Personajes principales: Miguel Strogoff, Nadia Fedor, Harry Blount, Alcide Jolivet, Marfa Strogoff
Temas: Deber, lealtad, coraje, comunicación, progreso técnico, destino
Curiosidad moderna: Si Verne escribiera hoy Miguel Strogoff, probablemente el héroe no llevaría un mensaje en papel, sino un pendrive encriptado con inteligencia artificial, perseguido por hackers en lugar de tártaros.
Pero el corazón sería el mismo: cumplir la misión sin rendirse.
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