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Antologías Acervo: el día en que el miedo me miró desde una vitrina



Antologías Acervo, Sheridan Le Fanu y el juez Hartbottle

Por Daniel Olivero González – Apuntes desde mi rincón

A la salida norte del metro Moneda, la que se encuentra cerca de la calle Teatinos, existía una librería —de esas que en Chile llamamos “comercio de artículos de escritorio y oficina”— que, hace unos treinta años, también vendía libros. No era gran cosa, un local angosto con olor a papel y tinta, pero tenía vitrinas donde, de vez en cuando, aparecía alguna joya inesperada.

Una tarde, al salir de la estación, algo me detuvo. En la vitrina, bajo el reflejo gris del centro santiaguino, se exhibían unos libros con portadas extrañamente atractivas. Extrañas porque no invitaban al relajo ni a la lectura veraniega: mostraban figuras fantasmales, sombras y espectros, como si de una galería del más allá se tratara.

Esos volúmenes pertenecían a las Antologías de Cuentos de Terror de la Editorial Acervo, una colección de tapas duras, con diseño sobrio y una impresión de estilo clásico que hoy llamaríamos “vintage”. (Averiguaré su técnica, pero juraría que tenía algo del offset de los años setenta.)

Debo reconocer que entonces tenía mis prejuicios. Los géneros llamados “menores”, como el terror o la ciencia ficción —aunque de esta última ya era lector devoto—, me parecían un pasatiempo más que literatura. 

Sonreí, con cierta condescendencia, al ver aquellas portadas macabras que solo podrían asustar a un incauto…Pero algo me retuvo. Quizás fue la tipografía, o ese aire hipnótico de los títulos. Y cuando leí los nombres de los autores, la sonrisa se congeló: Bradbury. Dickens. Twain. Chéjov. H. G. Wells. Wilde. ¿Cómo era posible? ¿Los grandes maestros escribiendo cuentos de miedo?

Para salir de la duda, compré el volumen 6 de la colección. El primer cuento: El juez Harbottle, de un tal Sheridan Le Fanu, nombre que hasta ese momento no me decía nada. Esa misma tarde de invierno, allá por el ’92, me lo devoré en un solo aliento. El relato me atrapó: era sobrio, inquietante, elegante. El miedo no venía del grito, sino del susurro.

Mi ajado ejemplar de las Narraciones Terroríficas de Editorial Acervo

Volví a la librería días después y compré todos los ejemplares que quedaban. Esa serie de libros —aquellas Antologías Acervo— se transformó en mi puerta de entrada al terror literario con apellido ilustre, el género que visitan todas las grandes plumas cuando se asoman al abismo.

Más adelante, volveremos a hablar de la Editorial Acervo, con sus antologías dedicadas al cuento policial, la ciencia ficción y el amor. Pero hoy toca detenernos en la historia de ese juez que me abrió las puertas del miedo culto: el irlandés Sheridan Le Fanu.


Sheridan Le Fanu: el caballero espectral de Dublín

Retrato de Le Fabu por Eloy Cardumen

Joseph Sheridan Le Fanu (1814 – 1873) fue uno de los pilares del cuento gótico victoriano. Irlandés, periodista y novelista, perteneció a una familia culta pero asediada por la ruina económica y la superstición protestante. Escribió sobre fantasmas con la serenidad de quien los había tenido como vecinos.

Le Fanu publicó sus relatos en revistas de la época —Dublin University Magazine y All the Year Round de Dickens— y, sin proponérselo, fundó la tradición moderna del cuento de fantasmas psicológico. No era solo un narrador de apariciones; fue un explorador del miedo como culpa, locura o castigo.

Su estilo, más insinuante que explícito, prefigura a Henry James y a M. R. James. Entre sus obras más conocidas están Carmilla (1872), la primera gran novela de vampiros escrita antes que Drácula; El vigilante; El fantasma de la señora Crowl; y la colección In a Glass Darkly (1872), donde aparece El juez Harbottle.


El juez Harbottle”: justicia más allá de la tumba


El temible juez Hartbottle dictando su sentencia habitual: ¡Muerte!

Publicado en 1872, El juez Harbottle es uno de los relatos más perturbadores de Le Fanu. Su protagonista, el juez titular de una corte londinense del siglo XVIII, es un hombre brutal y corrupto que condena injustamente a un inocente a la horca. Poco después, empieza a ser acosado por visiones de un tribunal fantasmal que lo cita para responder por sus crímenes.

El relato mezcla crítica social, moral religiosa y terror sobrenatural. Lo fascinante es la ambigüedad: ¿lo que vive Harbottle es un castigo del más allá o un brote de locura y culpa?

Le Fanu juega con la atmósfera onírica: pasillos oscuros, risas en los corredores, un carruaje que se detiene a medianoche, un juez espectral que preside un tribunal imposible.

Más que el castigo, lo que inquieta es el tono de pesadilla: el protagonista intenta razonar su miedo, pero el terror proviene del interior. Como en toda la literatura de Le Fanu, la justicia divina se mezcla con la paranoia humana.


Por qué recordar a Le Fanu

Leer El juez Harbottle en aquella edición de Antologías Acervo fue,  descubrir que el miedo también es literatura con mayúscula. Que detrás de cada sombra gótica hay un autor clásico, y que el género no es “menor”, sino el espejo más fiel de la conciencia humana.

Le Fanu fue maestro de autores como M. R. James, Algernon Blackwood, Arthur Machen y H. P. Lovecraft, quien reconocía en él a uno de sus antepasados literarios.

Si Carmilla anticipó a los vampiros románticos, El juez Harbottle anticipó el terror psicológico y la justicia del alma.


© [2025] [Daniel Olivero González]. Todos los derechos reservados.

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